La crisis brasileña a la luz de la teoría de caos (2)

Sociedad
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Cambiar de seguro, informarse sobre la oferta de Internet de la tele, mirar el precio de alarmas para el hogar o descargar una “app” para hablar con los amigos son decisiones del día a día que, sin saberlo, pueden hacer que nos arrepintamos del momento en que las tomamos. Y las empresas lo saben.

Una acción inocente como la de buscar un viaje o pedir un presupuesto e indicar nuestro email y teléfono a cambio de esa información nos convierte en leads. En español: clientes potenciales. En jerga empresarial: oro.

No en vano, nuestros datos son la moneda de cambio con la que acceder a servicios que de otra manera deberíamos pagar. Hecho que no implica que las empresas puedan ganar dinero aunque no les paguemos en ese momento, pues poseen algo más valioso: nuestros datos.

Compras de bases de datos, cesión de estos entre empresas del mismo o distinto grupo, antiguos empleados que optan por utilizar ‘una cartera propia’ o una venta de información a un tercero son solo uno de los procesos que culminaron con una compra por nuestra parte. Un ejemplo sería esa cámara que compramos por Internet la semana pasada y que nos enviaron anteayer junto con la satisfacción de encontrar “lo que buscábamos”.

Una red social es un verdadero trueque de nuestra intimidad con cada renglón o foto que publicamos

Esa misma que “vimos por casualidad” en la Red después de indicar en Facebook que somos amantes de la fotografía y tras un comentario en una tienda online del último móvil que adquirimos. Esto es solo el caso más benévolo, pues no sufrimos ‘acoso publicitario’ durante el trayecto u otras suertes más retorcidas.

Quizá más de uno quite hierro al trajín de los datos personales; pero ¿sabemos cuán valiosos son en realidad? La respuesta es alarmante: la presidencia de los Estados Unidos. Al menos, eso es lo que aprendimos de Mark Zuckerberg y de Donald Trump