Jueves, 14 Mayo 2020 18:18

EL APÓSTOL SANTIAGO NO VINO A ESPAÑA

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Veremos lo que cuenta la Tradición, y después observaremos lo que dice la Historia sobre este asunto.

 

1) El relato de la Tradición:

Esta tradición dice por qué causa vino Santiago a predicar en España, la fecha de su llegada, el tiempo que permaneció aquí, las ciudades que recorrió, cuándo regresó a Palestina, cómo trajeron su cadáver a Compostela, por qué se olvidó el lugar de su sepulcro, cuándo y cómo lo volvieron a encontrar, por qué se volvió a perder la pista de los restos del cuerpo del apóstol Santiago, cómo los volvieron a encontrar unos tres siglos después; entonces el Papa afirmó que esos restos eran los de Santiago y explicó por qué causa fueron enterrados inicialmente en Iria; he aquí el relato de todo esto:

                “Una antigua y piadosa tradición refiere que el cuerpo de Santiago, después que el apóstol hubo sufrido el martirio, fue trasportado por sus discípulos a las costas de Galicia, donde, después de la ascensión del Señor a los cielos, según también antigua y piadosa tradición, estuvo desempeñando, por disposición divina, el ministerio del apostolado. Vamos a relatar brevemente esa tradición. Esta nos dice que en la distribución que hicieron los Apóstoles para la propagación del Evangelio, correspondió la península hispánica a Santiago el Mayor, el hijo de Zebedeo, hermano de san Juan. Santiago no podía menos de cumplir la ordenación divina y de ir adonde le designaron los Apóstoles inspirados por el Espíritu Santo. Debió de salir para España, según opinión del padre Fita (Recuerdos de un viaje a Santiago de Galicia, pág. 66) a principios del año 40, y pudo permanecer en ella hasta finales del 41, ó principios del 42, pues su martirio acaeció antes de la Pascua de este año. El padre Fita cree que llegó a la Península en una nave de Palestina, una de las muchas que surcaban nuestro mar, arribando a las costas de la Bética, y siendo éstas, por tanto, las que recibieron las primicias de la predicación de Santiago. Predicó, según la tradición, en Braga, Iria y Zaragoza. El santo apóstol, según las conjeturas del padre Fita, pudo recorrer la Península por los caminos romanos de Itálica, Mérida, Coimbra, Braga, Iria, Lugo, Astorga, Palencia, Osma, Numancia y Zaragoza. Desde aquí, por el Ebro, pudo tomar la vía Augusta de Tortosa a Valencia, Chinchilla y Cazorla, para venir a un puerto murciano o andaluz, y en las naves de Oriente volver a Palestina. […]. Los cristianos que habían acompañado al apóstol desde España recogieron el santo cuerpo, trasladándole a Joppe y lo pusieron en una nave que había de partir luego con dirección a España. Los discípulos, según cuenta la tradición, llevaron el cuerpo en rápido bajel hasta Iria Flavia. Allí desembarcaron, y caminando como unas 4 leguas hacia el septentrión, por la antigua y excelente vía romana de Iria a Brigantium, llegaron al lugar que llamaban Liberodunum, donde sepultaron el venerado cuerpo del apóstol. […]. La existencia del sepulcro del glorioso apóstol no tardó en ser conocida por los cristianos de España, pero el lugar del mismo, a consecuencia de las persecuciones de que fue objeto la Iglesia en España, no tardó en quedar ignorado. […]. Hasta comienzos del siglo IX permaneció ignorado el lugar de las sagradas reliquias. La invención del rico tesoro aconteció en el reinado de Alfonso (II) el Casto, y siendo obispo de Iria Flavia Teodomiro.” ( Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo América, tomo 54, p. 330). Y la “invención” (o hallazgo) de dicho cuerpo fue así: “El nombre de Compostela procede del latín Campus Stellae con que primitivamente se denominó el lugar en que acaeció el milagro del descubrimiento de la tumba de Santiago. Según la tradición, siendo Teodomiro obispo de Iria Flavia, un ermitaño de San Fiz díjole que en la penumbra había observado extraños resplandores en la montaña próxima. Siguió el prelado, con numeroso séquito, en el camino que le trazaba una estrella, y en una cueva halló el sepulcro de mármol con las cenizas del apóstol. Apenas descubierta la tumba del apóstol, al pie del Monte Gibredón, hacia el año 812, fue preciso edificar una ciudad, próxima al santuario que mandó construir Alfonso II sobre el sepulcro para mejor veneración y custodia de las cenizas del santo, y, tan pronto comenzóse a difundir por el orbe católico la nueva del descubrimiento del sagrado cuerpo, comenzaron a acudir los fieles a la iglesia compostelana, y esta corriente de fe, que fue aumentando de día en día, determinó el engrandecimiento de la ciudad que nació al pie de esta tumba.” (Idem, p. 248). En 1589, fueron escondidos los referidos restos, y vueltos a encontrar en 1878; entonces, el Papa, por medio de una Bula, además de declarar auténticos esos restos hallados en 1878, también dice por qué fue enterrado Santiago en el referido lugar; he aquí la explicación: “El papa León XIII, en su Encíclica Deus Omnipotens, publicada 1884, confirma lo que varios documentos y códices aseveran respecto a la sepultura de Santiago, fundamento de la existencia de la ciudad de su nombre. Según esta Encíclica, ‘después de haber muerto el apóstol Santiago en Jerusalén, fue recogido por sus discípulos Atanasio y Teodoro, los cuales se embarcaron con el Santo Cuerpo yendo a abordar a las costas de España, correspondientes a la región de Amaia, en la que reinaba doña Lupe; esta reina era idólatra y muy pérfida; pero los discípulos pudieron librarse de las maquinaciones con que les persiguió a su llegada y tránsito, y, logrado internarse en la región, dieron sepultura al Santo Cuerpo en una pequeña colina, fabricándole un hipogeo y una pequeña iglesia. Sus discípulos permanecieron en su custodia hasta que, a su muerte, fueron enterrados al lado del apóstol por los naturales del país, que convirtieron al cristianismo’. […] en 1589 tuvo lugar la irrupción de los ingleses, que intentaban quemar las reliquias de Santiago, por lo que el arzobispo san Clemente las reservó en un lugar seguro. […]. En 1878 procedióse a la nueva invención de los restos del apóstol que, como hemos dicho, fueron ocultados por el arzobispo san Clemente. Los trabajos dieron feliz resultado en el año siguiente, comunicándolo así el entonces arzobispo de Santiago, cardenal Payá, al papa León XII, quien envió para comprobarlo al cardenal Caprara, llegándose, por fin, a probar la autenticidad de las reliquias del apóstol y expidiéndose la Bula Deus Omnipotens […].” (Idem, pp. 248, 265). Por otra parte, es evidente que el papa León XIII, en esa Bula de 1884, contradice lo que había escrito “el padre Fita” en 1880 en su libro mencionado más arriba, en el que, fundándose en una serie de tradiciones y leyendas, dice que el cuerpo de Santiago fue traído a España por siete discípulos gallegos y el principal de ellos se llamaba Ctesifonte (p. 69), y el traslado del cuerpo de Santiago desde Padrón hasta el sepulcro donde se le enterró dice, “el padre Fita”, en su mencionado libro, que, según una leyenda, fue así: “Da la leyenda muy vivo color poético a este viaje por tierra, diciendo que de antemano tuvo por guía el cuerpo del Apóstol. El cual levantándose resplandeciente desde el Padrón, se escapó por el aire dejando un surco de fuego; y como el sol en su cenit llegó a mecerse hasta lo más alto de la celeste bóveda, dejándose en fin caer sobre un sitio muy cercano al que debía ser su tumba gloriosa.” (p. 126). Además, “el padre Fita”, sirviéndose de ese embrollo de tradiciones y leyendas, traza el recorrido que, según él, hizo Santiago sin ir predicando hasta llegar a Zaragoza, para que allí se produjera la aparición de María a Santiago, de la forma siguiente: “Orando una noche el apóstol con sus discípulos en las márgenes del Ebro, se le apareció la Virgen María, Madre de Dios, que vivía aún vida mortal, entre coros de ángeles y sobre una columna de mármol; dejóle una efigie suya y el apóstol edificó una capilla.” (Enciclopedia Universal Ilustrada ..., tomo 44, p. 871). Más tarde, en el año 844, se sitúa la batalla de Clavijo, que dice así: “Al llegar aquí (Albelda) viéronse sorprendidos los cristianos por un numeroso ejército de moros, trabándose una batalla en la que fueron vencidos los españoles. Estos tuvieron que retirarse a un collado llamado Clavijo. El rey Ramiro (842-850), en medio de su tristeza, quedóse dormido y soñó que se le aparecía el apóstol Santiago, quien le animó para que al día siguiente volviera a la pelea, seguro de que quedaría vencedor, pues él mismo le ayudaría, apareciendo montado en un caballo blanco y con una bandera, también blanca, en la mano. Ramiro refirió la visión a los obispos y grandes de su corte, y luego todo el ejército entusiasmado ante la perspectiva de la victoria, recibió los sacramentos y se aprestó a una nueva batalla. Los cristianos invocaron a Santiago, y el apóstol se apareció visiblemente, ayudándolos en la lucha, de tal manera, que hicieron gran matanza de infieles, quedando 60.000 ó 70.000 de éstos tendidos en el campo, sin los que fueron matando por el camino hasta llegar a Calahorra.” (Idem, tomo 13, p. 748).  

 

2) El relato de la Historia:

 

1º) El libro titulado Hechos de los apóstoles, que es la historia primigenia de la Iglesia cristiana, refiriéndose a Santiago, el hermano de Juan, sólo dice lo siguiente: “Por aquel tiempo, el rey Herodes echó mano a algunos de la iglesia para maltratarlos. Dio muerte a Santiago, hermano de Juan, por la espada.” (Hechos 12:1-2). Se trata del rey Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande. Reinó entre los años 41 y 44. Todo el Nuevo Testamento fue escrito después de estas fechas, y, en ningún lugar, dice nada más que lo reseñado en esa cita sobre Santiago. Por tanto, de todo el relato de esa tradición sólo es cierto históricamente que Santiago murió en Jerusalén en el referido reinado; pero, en todo el Nuevo Testamento, nada se dice de que los apóstoles se repartieran los países y Santiago viniera a predicar en Hispania; por lo que eso sólo es una leyenda de la Tradición.

 

2º) Por otra parte, hay una serie de datos que hacen imposible todo el relato de esa tradición. En efecto, el apóstol Pablo, hacia el año 58, escribiendo a la iglesia de Roma, dice: “[…] desde Jerusalén, y por los alrededores hasta Ilírico, todo lo he llenado del evangelio de Cristo. Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno, sino, como está escrito: Aquellos a quienes nunca les fue anunciado acerca de él, verán; y los que nunca han oído de él, entenderán. Por esta causa me he visto impedido muchas veces de ir a vosotros. Pero ahora, no teniendo más campo en estas regiones, y deseando desde hace muchos años ir a vosotros, cuando vaya a España, iré a vosotros; porque espero veros al pasar, y ser encaminado allá por vosotros, una vez que haya gozado con vosotros. Mas ahora voy a Jerusalén para ministrar a los santos. […]. Así que haya concluido esto, y les haya entregado este fruto, pasaré entre vosotros rumbo a España.” (Romanos 15:19-28). Por tanto, es evidente que, si Santiago hubiera predicado antes en España, Pablo no se habría expresado de esa manera; porque, en ese caso, él habría venido a edificar sobre lo construido por Santiago. En ese viaje a Jerusalén, se complicaron las cosas para Pablo, de tal forma que pasó dos años de prisión en Cesárea y, a continuación, otros dos en Roma (según Hechos, capítulos 21-28). Ahora bien, una vez que fue puesto en libertad, realizó su proyectado viaje a España; Lucas no recogió en los Hechos este relato, porque terminó este libro en el momento que Pablo iba a quedar en libertad (Hechos 28:30-31) y ya no le acompañó como lo había hecho anteriormente; pero Clemente, de la iglesia de Roma, contemporáneo de estos acontecimientos, que después fue obispo de esta iglesia, en su primera carta a los Corintios, escrita a finales del siglo I, refiriéndose a Pablo, dice: “[…]; hecho heraldo de Cristo en Oriente y Occidente, alcanzó la noble fama de su fe; y después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite del Occidente y dado su testimonio ante los príncipes, […].” (1Corintios 5:6-7), (Daniel Ruiz Bueno: Padres Apostólicos, BAC) y (Patrología, tomo 1, p. 55, BAC). Por tanto, es evidente que Pablo sí vino a España a predicar a Cristo donde, como él dice, antes no había sido anunciado; por lo que ni Santiago ni ningún otro apóstol había predicado en España antes de esa venida del apóstol Pablo.

3º) Por otra parte (sobre la venida a España del cadáver de Santiago), podemos comprobar que, antes de conquistar los romanos la zona de Galicia (entre Asturias y Lusitania) a finales del siglo I a. C., allí no había ningún reino, sino una serie de tribus, tales como: los lemavi, los artabi, los cibini, los gruii, los luanci, los quacerni, los narbasii, etc. Y los romanos terminaron allí la conquista de esta manera: “En el 22 a. C. el legado de la Citerior, C. Furnio, también tuvo que intervenir contra los cántabros, que habían apoyado la sublevación de los astures contra la crueldad de P. Casio, legado de la Lusitania. El ataque del legado de la Citerior contra ambos pueblos fue decisivo. Muchos cántabros prefirieron suicidarse; los astures se sometieron en seguida. Los prisioneros fueron reducidos a esclavitud.” (José María Blázquez y Arcadio del Castillo: Manual de Historia de España 1. Prehistoria y Edad Antigua, p. 362). Después de la conquista de la zona noroeste de Hispania, como en los otros lugares, siguió lo que se llama la romanización, la implantación de la lengua, las leyes romanas, etc.; por lo que es imposible que, para los años cuarenta del siglo I d. C., hubiera en la región de Compostela un reino donde reinara la reina Lupe, como dice León XIII en su Encíclica; al decir esto, deja claro que eso de haber traído el cadáver de Santiago al mencionado lugar y haberlo enterrado allí, en el reino de la inexistente reina Lupe, es todo una fábula. Por lo que podemos afirmar que el apóstol Santiago el Mayor no vino nunca a predicar en España ni tampoco fue traído a Compostela después de su muerte.

 

4º) Además, la etimología que se atribuye, más arriba, al nombre de Compostela, que se dice que viene de Campus Stellae, es errónea; porque ese nombre viene del verbo latino compono (que significa, entre otras cosas, enterrar) y del nombre stellae (que significa monumento sepulcrar); por consiguiente, con la raíz de dicho verbo y el sustantivo indicado, se forma el nombre de Compostela, de la manera siguiente: compo + stela = compostela, que significa exactamente lo que encontró el obispo Teodomiro: un monumento sepulcrar, o un sepulcro, en un lugar donde se enterraba a los muertos; es decir, un cementerio. Por eso, las luces o resplandores que condujeron al hallazgo de dicho sepulcro, no eran nada más que fuegos fatuos, que se producen en los cementerios.

 

5º) Por otra parte, la conclusión de todo esto es que, a base de tradiciones y leyendas, formaron tres fantásticos cuentos:

 

  1. El hallazgo del cuerpo de Santiago, que dio lugar a la construcción de una iglesia con todo lo que eso supone en el día de hoy.

 

  1. La aparición de María en las orillas del Ebro, que dio lugar a la construcción de una capilla, que es el origen de todo lo que eso ha llegado a ser.
  2. La aparición de Santiago en la batalla de Clavijo. Ahora, en general, los historiadores niegan la existencia de esa batalla y, por tanto, niegan esa aparición de Santiago matando moros; pero, si en el lugar indicado para esa batalla, se hubiera construido entonces una capilla que hubiera dado lugar a una catedral como la de Santiago o a una basílica como la del Pilar de Zaragoza, ¿se atreverían ahora a negar la existencia de la batalla de Clavijo?
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