Sólo el pluralismo informativo puede evitar la guerra

La percepción de los hechos puede ser diferente según el punto de vista de cada cual.‎

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En el mundo entero se ven cada vez más medios de difusión, pero no hay pluralismo ‎entre ellos. Todos utilizan las mismas fuentes, o sea las mismas agencias de prensa, ‎que a su vez transmiten una visión única de los hechos.

Sin embargo, todos ‎sabemos que un mismo hecho puede interpretarse de diferentes maneras. En los años ‎‎1980, la UNESCO ya hablaba del «imperialismo informativo», esa manera de imponer ‎una única percepción de los hechos, negando todas las demás. Esa forma de ‎dominación se manifiesta hoy a través de los news checkers. Para librarse de ese ‎sistema no basta crear nuevos medios de difusión. Eso sólo puede resolverse creando ‎nuevas agencias de prensa.‎

Después de la Segunda Guerra Mundial, el derecho internacional se constituyó con la idea de ‎contrarrestar la «propaganda de guerra» (ver la resolución 110 de la Asamblea General de ‎la ONU, adoptada el 3 de noviembre de 1947 [1] y la resolución ‎‎381 del 17 de noviembre de 1950 [2]). Rápidamente, los ‎legisladores en temas internacionales, o sea los Estados soberanos estuvieron de acuerdo en que ‎sólo era posible luchar contra la guerra garantizando la «libre circulación de las ideas» (Ver la ‎‎(resolución 819 del 11 de diciembre de 1954 [3]).‎

Sin embargo, durante los últimos años ha podido verse un extraordinario retroceso que ‎nos impide saber lo que piensan los demas, nos deja a la merced de la propaganda de guerra y, ‎en definitiva, nos empuja hacia un conflicto mundial. ‎

Ese fenómeno comenzó con la censura privada ejercida en las redes sociales contra un presidente ‎estadounidense en funciones, continuó después con la censura pública [de los gobiernos] ejercida ‎en Occidente contra los medios rusos. Y, en este momento, el acceso al pensamiento de los ‎demás ya no se ve como una herramienta que debe evitar las guerras sino como un veneno. ‎

Así que Estados occidentales se dotan de órganos encargados «corregir» o «rectificar» las ‎informaciones que ellos tildan de falsas, de fake news [4]. ‎

En este momento, la OTAN se plantea la creación de una unidad que se denominaría Information ‎Ramstein y cuya misión ya no será censurar las fuentes de información rusas sino censurar las ideas rusas ‎en los 30 países miembros de la alianza atlántica [5].‎

Eso marca una inversión total de los valores de la alianza atlántica, fundada en base a la Carta del ‎Atlántico, documento que incluía las «cuatro libertades» del presidente Franklin Roosevelt. ‎La primera de esas libertades es la libertad de expresión. ‎

Antes de la aparición de internet, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética acababan de ‎garantizar la «libre circulación de las ideas» con los Acuerdos de Helsinki, las Naciones Unidas y ‎más particularmente la UNESCO, expresaban inquietud ante un «imperialismo informativo» ‎ya que la superioridad técnica de las potencias occidentales les permitía imponer su visión de los ‎hechos a los países en vías de desarrollo. ‎

En 1976, en la conferencia de Nairobi, la ONU planteaba la cuestión del funcionamiento de los ‎medios en relación con «el fortalecimiento de la paz y de la comprensión internacional, de la ‎promoción de los derechos y de la lucha contra el racismo, el apartheid y la incitación a la guerra». ‎

El ex ministro irlandés de Exteriores y premio Nobel de la Paz, Sean MacBride, había creado en el seno de la UNESCO una comisión ‎de 16 personalidades. En aquella comisión estaban tanto el francés Hubert ‎Beuve-Mery (fundador del diario Le Monde), el colombiano Gabriel García Márquez (premio ‎Nobel de Literatura) como el canadiense Marshall McLuhan (teórico de la comunicación). ‎Estados Unidos estaba representado por Elie Abel, quien era entonces ‎decano de la escuela de periodismo de la universidad de Columbia, mientras que Rusia estaba ‎representada por el director de la agencia TASS, Serguei Losev. Sólo la quinta y última parte del ‎informe (La comunicación mañana) fue objeto de un debate general. La comisión de MacBride ‎discutió el borrador de las demás partes pero no pudo debatir su decisión final. En todo caso, ‎el informe, finalmente presentado en 1978, parecía gozar de un consenso favorable. ‎

Al subrayar que los mismos hechos pueden dar lugar a percepciones diferentes y al poner sobre la mesa la ‎cuestión de los medios de los países del norte y los de los países del sur, aquel informe abría la ‎caja de Pandora. ‎

En aquel momento, la UNESCO se veía confrontada a la propaganda del régimen sudafricano del ‎apartheid y a la propaganda negacionista de Israel contra las culturas musulmanas y cristianas. ‎‎¿Qué sucedió entonces? Estados Unidos y Reino Unido cerraron el debate retirándose de la ‎UNESCO. ‎

Hoy sabemos que el Imperio británico había garantizado su dominación en el plano intelectual ‎mediante la creación de agencias de prensa. El gobierno británico cerró el Information Research ‎Department (IRD) justo antes de la publicación del informe MacBride [6]. Pero la guerra contra Siria demostró que aquel dispositivo se reconstituyó ‎por completo bajo otra forma [7]. Hoy en día, Occidente sigue falsificando la información desde las fuentes. ‎

En 40 años se ha visto una transformación del paisaje mediático. Han aparecido televisoras ‎internacionales de información continua, sitios web informativos y las llamadas “redes sociales”. ‎Al mismo tiempo se ha producido una gigantesca concentración de los medios en manos de un ‎puñado de propietarios. Pero no se ha resuelto ninguno de los problemas señalados en 1978. ‎Al contrario, el mundo unipolar los ha agravado. ‎

El trabajo periodístico consiste hoy sobre todo en redactar despachos de agencia o en ‎contextualizar esos despachos para los medios que los publican. Las agencias de prensa reportan ‎sin precisar las fuentes mientras que los medios proponen comentarios y análisis refiriéndose… a ‎lo que reportan las agencias de prensa. ‎

Pero la contextualización exige amplios conocimientos históricos, económicos, etc., conocimientos ‎que la enorme mayoría de los periodistas actuales simplemente no tiene. La inmediatez de la ‎radio y la televisión no deja a los periodistas el margen de tiempo que necesitarían para leer libros ‎y mucho menos para consultar archivos, exceptuando quizás la realización de investigaciones ‎de fondo. Resultado: los comentarios y análisis se han empobrecido considerablemente. ‎

La ideología dominante en Occidente, que tiende a convertirse en «global», ha pasado a ser una religión sin dios. Ya sólo se habla de dos bandos: el del Bien y el de los apóstatas. La “Verdad” ‎se determina por consenso, pero un consenso en el que sólo intervienen las élites mientras que ‎el pueblo lo rechaza. Toda crítica es considerada blasfematoria. Ya no hay espacio para ‎el debate, y por ende tampoco hay espacio para la democracia. ‎

Y la prensa alternativa está adoleciendo de la misma pobreza dado el hecho que también se basa ‎en lo mismo que utilizan los medios internacionales: los despachos de las agencias de prensa. ‎Para imponer al mundo una visión de los hechos sólo hay que controlar las agencias AFP, AP y ‎Reuters. Lo que nos “sirven” esas agencias de prensa puede acomodarse con la salsa de ‎cualquier tendencia –republicana o demócrata– pero el plato sigue siendo el mismo. ‎

Desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, cualquiera que ponga en duda la versión ‎oficial de aquellos acontecimientos se verá automáticamente calificado de «complotista» o ‎‎«conspiracionista». Desde la elección de Donald Trump, quienes cuestionan lo que publican las ‎agencias de prensa son acusados de deformar la realidad y de inventar «fake news». ‎Los periodistas, que ya se prohibieron a sí mismos hacer referencia a lo que dicen o escriben los ‎‎«complotistas» –que en realidad son disidentes–, ahora se dedican a “corregir” las ‎‎«fake news» en larguísimos Check News.‎

Y mientras tanto se ha desplomado la confianza de la gente en lo que divulgan los grandes ‎medios. En Estados Unidos, el instituto Gallup ha publicado una evaluación sobre el nivel de ‎confiabilidad que el público concede a la prensa escrita (desde 1973) y a la prensa audiovisual ‎‎(desde 1993). La confianza del público en los periódicos cayó del 51 al 16% y su confianza en ‎lo que transmiten la radio y la televisión se desplomó del 46 al 11%. ‎

La única solución sería una multiplicación de las agencias, o sea multiplicar las fuentes de ‎información. Pero no se trata de que haya más agencias de prensa sino de que sean más ‎‎diversas. Sólo entonces se verá que la manera de enfocar un hecho determina nuestra manera ‎interpretarlo. ‎

Por ejemplo, en este momento las tres agencias de prensa arriba mencionadas nos presentan ‎lo que sucede en Ucrania como una «invasión rusa». Aseguran que Moscú no logró tomar Kiev ‎ni derrocar al presidente Zelenski y que comete crímenes de guerra todos los días. Esa es una ‎manera de ver las cosas. ‎

Nosotros, en Red Voltaire no tenemos la posibilidad de publicar despachos constantemente ‎pero publicamos un boletín semanal [8]. Y nuestro ‎criterio es diferente. Nosotros no usamos como referencia las «reglas» occidentales. Nuestra ‎referencia es el «Derecho Internacional». Y, a la luz del Derecho Internacional, vemos el mismo ‎conflicto como la aplicación de la resolución 2202 del Consejo de Seguridad de la ONU y de la ‎‎«responsabilidad de proteger» a las poblaciones oprimidas desde 2014. ‎

Como puede verse, los hechos son los mismos pero la manera de describirlos en Occidente lleva a ‎ver a los rusos como culpables mientras que nuestra visión implica que la posición de los rusos es ‎legal. En realidad, todavía hay otra diferencia: nosotros interpretamos los hechos dentro de todo ‎un contexto que tiene en cuenta muchos otros hechos que han marcado un lapso de tiempo muy ‎largo. Para nosotros, y para el Consejo de Seguridad de la ONU, en Ucrania hay una ‎guerra civil desde hace 8 años y esa guerra ya había dejado 20 000 muertos, pero las 3 grandes ‎agencias de prensa fingen no saberlo. Para nosotros, los «nacionalistas integristas» ucranianos ‎ya acumulaban un largo historial criminal, que costó la vida a 4 millones de sus conciudadanos, ‎otro hecho que las agencias occidentales fingen no conocer [9].‎

Esa diferencia puede aplicarse a todos los temas. Por ejemplo, las grandes agencias de prensa nos ‎explican que las potencias occidentales impusieron «sanciones» a Rusia para castigarla por ‎haber invadido Ucrania. Nosotros no leemos los acontecimientos de esa manera. Usando siempre ‎como referencia no las «reglas» occidentales sino el «Derecho Internacional», nosotros ‎observamos que las sanciones de los anglosajones y la Unión Europea violan la Carta de las ‎Naciones Unidas. No son sanciones propiamente dichas ya que no son resultado de un juicio. ‎En realidad son armas económicas utilizadas en una guerra contra Rusia, como antes, cuando un ‎ejército sitiaba una ciudad o un castillo para rendir por hambre a los sitiados. ‎

Cada diferencia en la interpretación de los acontecimientos trae una nueva. Por ejemplo, cuando ‎señalamos que las supuestas «sanciones» occidentales no cuentan con el aval del Consejo ‎de Seguridad de la ONU, nos responden que eso es normal porque Rusia tiene derecho de veto ‎en ese órgano de las Naciones Unidas. Pero quien da esa respuesta pasa por alto la razón que ‎justifica el derecho al veto otorgado a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad. ‎El objetivo del Consejo no es determinar el Bien sino evitar las guerras. ‎

Eso es precisamente lo que permitió que el Consejo de Seguridad adoptara la resolución 2202 ‎para parar la guerra civil en Ucrania. Sin embargo, las potencias occidentales, representadas en ‎el compromiso contraído por Alemania y Francia, no actuaron para imponer la aplicación de la ‎resolución y Rusia se vio obligada a hacerlo sola. ‎

Podríamos seguir exponiendo aquí una cantidad infinita de ejemplos de lecturas diferentes de los ‎mismos hechos. Pero lo importante es tener en mente que la presentación de los hechos ‎modifica radicalmente la manera de percibirlos. ‎

Para terminar, quiero lanzar un llamado a la fundación de agencias de prensa capaces de concebir ‎su propia visión de los hechos, en vez de limitarse a repetir constantemente la de los dirigentes. ‎Sólo así lograremos volver a la lucidez. ‎