Mi necesidad de orinar, diferente a la de un presidente autonómico

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Hace unos veinte años, me encontraba hojeando páginas en la feria del libro, ubicada en la Plaza del Pueblo.

Llevaba dos horas leyendo contraportadas, párrafos o mapas, hasta decidirme por un gran libro de ingeniería, entonces noté que lo que había estado aguantando tanto tiempo, ahora se presentaba con dolor punzante.

A escasos cinco metros se encontraba la puerta abierta del ayuntamiento, donde había un servicio en la planta baja. Pasé todo lo deprisa que me dejaba el dolor. Cuando giraba el pasillo apareció de detrás de una fotocopiadora una joven (seguida de un joven que no trabajaba allí) que me preguntó un tanto arisca que a dónde iba. Sin parar de caminar, viendo que no llegaba, respondí que -¡a orinar! - ¡NO puede!, respondió. -¡Luego hablamos!, respondí ya con mucho dolor.

Al salir, sereno y sin dolor, intenté explicarle mientras me abroncaba que, o entraba o me orinaba encima. Siguió con palabras que resonaban en mi cabeza ante su falta de tacto y empatía: ¡prohibido!, ¡no se puede entrar en el ayuntamiento! y cosas así.

Ya con enfado hacia la joven, vestida con un uniforme estilo azafata de congresos, la dije que no había urinarios en la feria del libro, y de pronto me acordé de una figura importante de la política para ponerle en un dilema:

-¿Si en lugar de ser yo quien entra, es el Sr. Gallardón, le hubieses echado esta desproporcionada bronca?

La respuesta me hizo entender por qué es tan difícil acabar con la existencia de clases sociales, gracias al efecto que causa el “síndrome de la autoridad” (no lo busquen, acabo de inventármelo) que hace que la gente con propensión a la sumisión y la servidumbre, actúe sumisa y servilmente ante la figura de una autoridad, en lugar de actuar con proporción, educación y naturalidad. Y por el mismo síndrome, ante el dilema, vea a quien no es autoridad (como esa joven) como alguien inferior digno de merecerse discriminación y falta de respeto.

-¡Es que no es lo mismo el Sr. Gallardón que tu!, me dijo.

-¡A los efectos de mear todo el mundo es igual!, respondí con gran enfado, marchándome y dando por clausurada aquella conversación de besugos.

CONTINUAR...