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2016-01-01


El año de 2015 que acaba de terminar merece esta calificación latina: annus nefastus. Otros lo llaman annus horribilis. Ocurrieron tantas calamidades que, además de espanto, nos causan preocupación. La primera es el Día de la sobrecarga o del sobregiro la Tierra (Earth Overshoot Day) ocurrido el 13 de septiembre. Significa que en este día la Tierra reveló que sus reservas de suministros para mantener el sistema-vida y el sistema-Tierra sobrepasó los límites. Perdió a su biocapacidad. La Tierra es la base para todos nuestros proyectos. Como la Tierra es un super-ente vivo, las señales que nos envía de que no aguanta más son las sequías, las inundaciones, los tifones y el aumento de la violencia en el mundo. Todo está conectado con todo, como repite insistentemente el Papa Francisco en su encíclica. Asociado a este hecho, el consenso alcanzado el 12 de diciembre por la Cop 21 en París es ilusorio:

l calentamiento debería estar por debajo de 2º centígrados, tendiendo hacia 1,5°C a mediados de siglo. Esto implica un cambio de paradigma de civilización, no basado en los combustibles fósiles, aunque se sabe que todas las energías alternativas en conjunto no llegan al 30% de lo que necesitamos. Esta conversión, los grandes proveedores de petróleo, gas y carbón no pueden hacerla ni la quieren. La idea es retórica. El tercer evento nefasto es la violencia terrorista en Europa, en África, los miles de refugiados y la guerra que las potencias militaristas, todas juntas, promueven contra el Estado Islámico y en contra de otros grupos armados en Siria. Fuentes seguras dan fe de miles de víctimas civiles inocentes. Otro hecho nefasto es la transformación de Estados Unidos en un estado terrorista. Con sus 800 bases militares distribuidas por todo el mundo, interviene, directa o indirectamente, allí donde percibe amenazados sus intereses imperiales. Internamente el “Acto patriótico” no ha sido abolido y es la suspensión de los derechos fundamentales. No sin razón la policía estadounidense mató en 2015 a cerca de mil personas desarmadas, el 60% de las cuales eran negros o latinos.

Otro hecho horribilis es en Brasil la corrupción dentro de la más grande petrolera del pais, PETROBRAS, implicando millones y millones de dólares. Junto a esto irrumpió entre nosotros una ola de odio, de ira y de prejuicio después de las elecciones presidenciales de 2014. No es de extrañar, porque Brasil está lleno de contrastes; así lo vio Roger Bastide (Brésil, terre des contrastres, Hachette, 1957), pero antes de él Gilberto Freyre, el más importante intérprete de la história social de Brasil, que escribió: «considerada en su conjunto, la formación de Brasil fue un proceso de equilibrio entre antagonismos».

Este antagonismo, a menudo mantenido bajo el manto ideológico del «hombre cordial» salió del armario ahora y se nota claramente, en particular en los medios de comunicación social. El «hombre cordial» que Sergio Buarque de Holanda Raízes do Brasil, 21.edición, 1989, p. 100-112) tomó del escritor Ribeiro Couto, es por lo general muy mal comprendido. No tiene nada que ver con civilidad y cortesía. Tiene que ver más bien con nuestra aversión a los ritos sociales y a los formalismos. Estamos a favor de la informalidad y la cercanía.

Es un comportamiento brasilero que se rige más por el corazón que por la razón. Ahora bien, del corazón nacen la amabilidad y la hospitalidad. Pero como acentúa Buarque de Holanda, «la enemistad puede muy bien ser tan cordial como la amistad, ya que una y otra nacen del corazón» (nota 157 de la p. 106 a 107).

Este frágil equilibrio se perdió en 2015 e irrumpió la cordialidad negativa como odio, prejuicio y rabia contra militantes del PT, contra nordestinos y negros. Ni figuras constitucionalmente respetables, como la presidenta Dilma Rousseff, se salvaron. Internet ha abierto las puertas del infierno a la injuria, las palabrotas, la afrenta directa entre las personas, unas contra otras.


Tales expresiones sólo revelan nuestro atraso, la ausencia de cultura democrática, la intolerancia y la lucha de clases. No se puede negar que se ha encontrado en ciertos sectores resentimiento de los pobres y de quienes ascendieron socialmente, gracias a las políticas sociales compensatorias (pero poco emancipadoras) del gobierno del PT. Los antagonismos brasileños se mostraron claramente no armonizados y ahora a rienda suelta unos contra otros en verdadera lucha (llámese de clases, de intereses, de poder, no importa). Pero hay una ruptura social en Brasil y nos va a costar mucho volverla a coser. A mi entender, sólo a partir de una democracia participativa que vaya más allá de la farsa actual, ya que representa antes los intereses de las clases acomodadas que los del pueblo como un todo.

Lo que nos vale es nuestra sobreabundancia de esperanza que supera el annus nefastus en dirección hacia un annus propicius. Hay tantas experiencias buenas por todas las partes que no pudieron ser abordadas en este espacio, que justifican esta esperanza de un año propicio. Que Dios nos escuche. 
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2015-12-22


En el artículo anterior publicado en este espacio, el autor, tras resaltar los puntos positivos, inició una fuerte crítica acerca de la ilusoria propuesta de la COP 21 sobre el calentamiento global. No puede negarse la buena intención de todos, solo que esa intención no es buena para la vida, para la humanidad y para la Casa Común: la forma como se quiere prevenir el techo de 2ºC de calentamiento y caminar hasta 2100 en dirección a los niveles pre-industriales que eran de 1,5ºC. Todo esto deberá ser alcanzado sin alterar el flujo comercial y financiero del mundo, según se deduce del lema de la Convención: “transformando nuestro mundo: la agenda 2030 para un desarrollo sostenible”.

Aquí reside el nudo del problema. El desarrollo que predomina en el mundo no es en modo alguno sostenible, pues es sinónimo de puro crecimiento material ilimitado dentro de un planeta limitado. Este es conseguido mediante la desmesurada explotación de los bienes y servicios naturales, aunque esto implique una perversa desigualdad social, devastación de ecosistemas, erosión de la biodiversidad, escasez de agua potable, contaminación de los suelos, de los alimentos y de la atmósfera.

Después de decenas de años de reflexión ecológica, parece que los negociadores y jefes de Estado no han aprendido nada.

Ellos simplemente no piensan en el destino común. Solo dan alas a la furia productivista, mercantilista y consumista, pues esa es la corriente dominante globalizada. Ahora bien, este es el tipo de desarrollo/crecimiento que produce el caos de la Tierra y la depredación de la naturaleza. Los datos científicos más serios y recientes dicen que hemos alcanzado el Earth Overshoot Day, el día de la sobrecarga de la Tierra, es decir, el día en que la Tierra perdió su biocapacidad de atender las demandas humanas. Si tomamos como referencia un año, en agosto ya había gastado su depósito de abastecimientos para el sistema-vida.

¿Cómo quedan los demás meses? Siendo así, ¿todavía tiene sentido hablar con propiedad de desarrollo sostenible para 2030? Si el bienestar de los países ricos fuese universalizado ?esto ha sido científicamente calculado y está en los manuales de ecología? necesitaríamos por lo menos tres Tierras iguales a la actual.

La COP 21 quiere curarnos dándonos el veneno que nos está matando. No por casualidad, y esto es vergonzoso y humillante para cualquier persona que se preocupa de la naturaleza y la Madre Tierra, en ningún lugar del documento final, aparecen las palabras naturaleza y Tierra. Los representantes son rehenes del paradigma científico del siglo XVI para el cual la Tierra no pasaba de ser una cosa inerte y sin propósito, antes un baúl de recursos colocados a nuestra disposición que la Magna Mater.

No han valido de nada las reflexiones de los grandes nombres de la ciencia de la vida y de la Tierra, como Prigogine, de Duve, Capra, Wilson, Maturana, Swimme, Lutzenberger, teniendo como antecesores a Heisenberg, Bohr, Schrödinger y especialmente Lovelock, sin olvidar la encíclica del Papa Francisco “cuidando de la Casa Común”, entre tantos otros fundadores del nuevo paradigma. En el texto predomina la más descarada tecnocracia (dictadura de la tecnología y de la ciencia), tan duramente criticada por el Papa en su encíclica, como si solamente a través de ella nos vinieran las soluciones mesiánicas para la adaptación y la mitigación de los climas. No hay ningún sentido de ética y de llamadas a valores no materiales. Todo gira alrededor de la producción y del desarrollo/crecimiento, en un craso materialismo.

Según el nuevo paradigma, basado en una visión de la cosmogénesis que ya dura desde hace por lo menos 13,7 millones de años, vemos a todos los seres inter-retro-relacionados, cada uno con valor intrínseco pero abierto a conexiones en todas las direcciones, formando órdenes cada vez más altos y complejos hasta permitir la emergencia de la vida y de la vida humana inteligente y portadora de creatividad.

Concuerdo con el mayor especialista sobre el calentamiento global, el profesor de la Universidad de Columbia y antes del a NASA, James Hansen (cfr. The Guardian de 14/12/2015), que es ilusorio pedir a las petroleras que dejen bajo el suelo el petróleo, el gas, el carbón, energías fósiles emisoras de CO2, y las sustituyan por energías renovables. Todas las energías renovables juntas no llegan al 30% de lo que necesitamos. Las metas de la COP21 son totalmente irreales, porque las energías fósiles son más baratas y van a seguirse quemando, especialmente si se mantiene la economía de acumulación con las consecuencias ecológicas y sociales que acarrea.

Pero habría una posibilidad si realmente quisiéramos estabilizar el clima entre 1’5º y 2ºC, lo que sería todavía administrable; deberíamos cambiar de paradigma: pasar de una sociedad industrialista/consumista a una sociedad de sostenimiento de toda la vida, orientada por el biorregionalismo y no por el globalismo uniformizador. La centralidad la tendría la vida en su diversidad y no el desarrollo. La producción se haría a los ritmos de la naturaleza, en el respeto de los derechos de la Madre Tierra y de la diversidad de las culturas humanas. Aquí nos inspira más el Papa Francisco en su encíclica que los tecnócratas de la COP21. De seguir sus consejos, estaremos pavimentando el camino que nos conduce al desastre.


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